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miércoles, 26 de noviembre de 2014

La curva de motivación

La motivación sigue una curva que influida por una serie de variables, puede ser lineal, marginalmente creciente o decreciente. En mi caso casi siempre es marginalmente creciente. Sin embargo como todo crecimiento marginal, llega un momento que el crecimiento es cada vez menor. Ese es mi caso.

Empecé perfectamente motivado para buscarme unas prácticas en Bilbao para poder estar más cerca de mi princesa vasca. Mi búsqueda era muy extensiva e incluso llegué a conocer bastante bien qué parques industriales hay en Vizcaya. Sin embargo al no tener el carnet de vasco me discriminan e incluso los enchufes me miran con temor de contagiarles algún virus catalán.

Al final esa curva de motivación pasa de ser creciente a ser plana y con los días pasa a ser decreciente. Hoy ha sido ese día. Hay que añadirle varios factores que tienen una gran influencia en la pendiente de mi curva motivacional. Por un lado en menos de tres semanas me quedaré completamente solo en clase, los que han sido hasta ahora mis nuevos compañeros de viaje se irán por la puerta y solo algunos los volveré a ver. ¿Qué hay de los antiguos? Desaparecieron en combate. Por otro lado, el hecho de ver a muchos amigos míos hacer prácticas me produce unas inmensas ganas de estar como ellos, dejar las aulas y empezar a trabajar.

Obviamente la vida de estudiante es la mejor del mundo per sin ninguna duda, el mejor año como estudiante fue el año pasado. Este año estoy envuelto en trabajos y más trabajos. ¿Os acordáis de los dibujos americanos cuando alguien hace un volcán para el trabajo de ciencia? Pues yo hoy he hecho uno para la presentación de una asignatura. Cuatro años de carrera para esto. Quiero dejar la maldita aula 18 y hacer algo con este bendito cerebro.
Aunque hace una semana hablé de no volver a dejaros solos, no parece muy creíble mi promesa si os he dejado solos durante toda esta semana anterior. Aun así, este periodo desmotivacional y vaciado de cerebro me ha dado mucho en lo que pensar. Por un lado he asumido que mi camino laboral es más incierto que el futuro de Catalunya así que mejor no comerse el coco sobre ello. Por otro, he decidido volver a darles una segunda oportunidad a las consultoras. Y por último, abandonaré la búsqueda de prácticas hasta enero.

¿Hasta qué punto ha llegado mi locura para estar pensando en estudiar cocina? Pues solo yo puedo saberlo pero un buen amigo mío con barba espesa y mirada de asesino me dio un buen consejo que estoy en derecho de compartir. “La clave está en aferrarte a tu estandarte y no soltarlo”. Esto significa que si quieres conseguir un trabajo con el que sentirte satisfecho tienes que mantener siempre en alto el estandarte que nos representa y desarrollarte en esa dirección.

Estos últimos días también he estado pensando  sobre el futuro de este blog. En un futuro no muy lejano me gustaría convertir este blog en uno de viajes, comida y yo como persona cool. Hablo de un futuro porque actualmente mis viajes se resumen a poco más que ir a la Vascongadas. Por otro lado hoy mismo, justo después de publicaros este post de explicaciones divagantes, pienso volver a escribir. Os lo juro, lo haré y si el resultado es lo que espero, quizás pronto os enseñe algo.

Hablando de las Vascongadas, la semana que viene asomaré el culo por ahí arriba. A dos semanas y media de comenzar los exámenes finales yo voy a visitar a la princesa. Con dos cojones.

Sin más que decir, debo irme y continuar tecleando.


Mucha fuerza a todos aquellos y aquellas que afrontéis exámenes finales. Nos vemos en la batalla. 

domingo, 16 de noviembre de 2014

Os debo una explicación

Estoy dos semanas sin publicar una cochina publicación y llego con mi estupenda cara bonita y un intento de barba que no llega y os publico algo. Así sin más, porque sí. “Podrías dar explicaciones” me dijo la princesa vasca casi exigiéndolas. Lo había pensado, os lo prometo pero no quería aburriros. No me había ido a buscar el Santo Grial como hizo Aguila Roja al final de la última temporada. Tampoco me fui a coordinar el aterrizaje de Philae de la misión Rosetta. La verdad es que volví de Bilbao y vi un tsunami desde la ventana del avión.



martes, 23 de septiembre de 2014

La formula uno de la preparación de maletas

Si hacer la maleta fuera un deporte, yo habría conseguido la pole. 32 minutos (minuto arriba, segundo abajo). Vuelvo a tener esa sensación previa a hacer un viaje como si estuviera a punto de iniciar una operación encubierta en el desierto sirio. De hecho cada vez que tengo una cita de este tipo, coger el tren de casa se convierte en un momento muy tenso. La última vez que fui a Bilbao, tuve que recorrerme la mitad del servicio de metro de Barcelona para poder llegar a tiempo para coger mi querido Alvia sin enchufes. Lo pasé muy mal y casi me deshidrato. Esta vez no voy a Bilbao en calidad de turista aunque aún me deben quedar unas cuantas estancias más para conseguir el título de Visitante de la Casa.

Debería estar casi de camino a la cama pero mi compromiso con vosotros y con este blog me obliga a escribiros y deleitaros con un poco de mi arte. Sospecho que estoy incubando un constipado. Noto la garganta un poco seca y durante la mañana he tenido media docena de esos estornudos que encienden las alarmas del misil resfriado. La buena noticia que es que al muela del juicio ha dejado de pelear. Espero que mi condición de roble me haga vencer a las legiones bacterianas aunque el gélido aire acondicionado de RENFE puede que no ayude. Es más, ahora estoy pensando que en vez de recortar en sanidad para ahorrar en presupuesto, deberían recortar en aire acondicionado y ahorrarse unos cuantos resfriados.

Desgraciadamente el famoso vagón silencioso del que tanto habla Jose María Iñigo en la radio, aún no está disponible. Eso pone en riesgo el silencio que espero que haya a las 7:30. No pienso aguantar más niñatos maleducados hasta Haro. Pienso correr al vagón restaurante, pedir un té y arrojarle el agua hirviendo al primero que no respete al resto de pasajeros del coche número dos.

Me noto muchísimo más motivado respecto a la universidad, aquella nefasta semana pasada que empecé con tan mal pie, ha remontado rápidamente y ahora me encuentro haciendo planes, investigando y lleno de fuerzas. Hoy hablaba con una compañera de tren sobre neurociencia, neuropsicología, escuelas con enseñanza libre y prácticas. ¿Os imagináis observar a un grupo de primates durante ocho horas al día? Observando la conducta de los primates, como se pelean entre ellos. Que el sujeto número uno corteje con el sujeto número dos y el sujeto número tres sienta celos por como el sujeto número dos ha dejado de hablarle. Obviamente las dos señoras sentadas a nuestra izquierda han alucinado. Me encanta ese momento en el que hago contacto visual con un desconocido y ambos pensamos lo mismo. La otra señora deseaba que me callara y le dejara leer el Saber vivir pero eran las 2 de la tarde y estaba en horario legal para poder rajar todo lo que quisiera.

Hoy una tercera persona me ha dicho que me voy de vacaciones. Cierto, hago una pequeña “escapadita” pero soy tan responsable y tan buen estudiante, comprometido con el uso eficiente de los recursos que el estado decide invertir en mí, que he decidido llevarme todo el trabajo de universidad a Bilbao. Tengo que llevar a cabo una simulación sobre la importación de un juego de laboratorio para niños y el asunto está alcanzando un guión de película más largo que Star Wars. Tengo seis horas de trayecto hasta las Vascongadas y por tales razones, he decido llevarme entretenimientos tan amenos como los fundamentos de la fiscalidad española. Tengo Choose yourself de James Altucher en el Kindle. Ahí lo dejo.

Esta no es una simple visita a las Vascongadas, es una segunda batalla. Una batalla por ver quién es el más fuerte. Primero me ofrecerán una caña. Seguirán el ritual con un pintxo de tortilla o cualquier otra especialidad típica vasca. Te retarán a tomarte una segunda y si la cosa se alarga quizás una tercera. La tía de Sara cree que aguanto bien el tipo. Eso quiere decir que me estoy labrando el respeto del Norte. Sin embargo, no habrá respeto hasta que me coma una de esas guindillas riojanas que intento venderme el abuelo de Sara.

El jueves vamos de pintxos para hacerme un poco el vasco. El sábado hará exactamente un año que los dos nos escapamos de aquella primera fiesta que la ESN (Erasmus Society Network) de Cork organizó y corrimos a casa como jóvenes adolescentes que hayan hecho algo malo. A propósito, un estudio de la Unión Europea reveló ayer que el 33% de los estudiantes Erasmus había encontrado su pareja estable durante su estancia en el extranjero. Es más, un millón de bebés había nacido desde 1987 a raíz de Orgasmus. 

Ahora estoy en la cama, a oscuras escribiendo con el portátil sobre una de estas cómodas plataformas acolchadas para ponértela en las piernas. Esta goza además de una pequeña lámpara que posiblemente de tanto retorcerla ha dejado de funcionar.
Sin más dilación, me despido de vosotros.

Agur eta bona nit.



martes, 26 de agosto de 2014

Lo que me enseñó mi amigo Cherry

Alba se ha ido hoy por la mañana a emprender la aventura que empecé yo hace ya casi un año (faltan diez días para hacer un año). Aitor la empieza mañana. Quien pudiera repetir me digo durante estos días. La semana pasada recordaba con Sara algunos momentos aunque realmente todo esto es agua pasada. Aun así, todos estos acontecimientos no hacen más que alimentar mi deseo de volver a irme una temporada y dejar atrás la rutina de Pineda de Mar. Puede que definitivamente lo que necesito es independizarme.

Probablemente este pasado fin de semana fue alguno de los mejores que haya tenido durante este verano. Después de una frenética tarde en Barcelona, conseguimos juntarnos para despedirnos de Alba. La tarde en Barcelona no pasó sin incidencias pues volví a toparme con un servicio de restauración maleducado. Todo y que su café y su pastel de chocolate estaban deliciosos, el servicio de cafetería de We Pudding era de lo más lamentable. Jamás me han atendido con “Rápido que voy de culo” y aun así he tenido que repetirlo varias veces. Sin embargo, el lugar era genial y estaba ambientado en David el Gnomo donde había champiñones gigantes a modo de lámparas. Para quemar parte delas 800 calorías que tragué con aquel pastel, andamos hasta la calle Roselló 158 para visitar la librería Re-Read de la que había leído hacía meses en El País. Se trata de una librería low cost y te permite comprar hasta cinco libros por 10 euros. Todos son títulos posteriores a los noventa aunque la librería tiene una sección de clásicos. Los libros son de segunda mano y algunos tienen aún la etiqueta del Opencor o el Alcampo pegada en la cubierta. Es un lugar pequeño pero muy tranquilo. Además de buen precio, la librería también compra libros de segunda mano a euro la unidad (una oportunidad para perder un poco de peso literario Sara). Una adorable pareja de jubilados vendió dos bolsas repletas de libros en los que al menos había 50 o 70 euros.

No sé qué tienen estas noches con los amigos que siempre acabamos haciendo referencia a los buenos tiempos de instituto y recordando viejas glorias como la historia de un chico al que le llamábamos Zapacaca en honor a una mierda que pisó y con la que fue al aula. Esto y unas piñas coladas cargadas hicieron que nos llamaran la atención en la terraza. A los 21 años, aún nos queda parte de aquel niñato de instituto.

La vuelta en tren con Mireia me hizo llegar a la conclusión que el hecho de querer moverme y cambiar de rutina no era un deseo único en mí sino que ella también lo estaba deseando e incluso puedo decir que en ella era más intenso. Es Mireia quien había estado rezando por la existencia de algún programa de becas o convenios con Suramérica todavía abierto En mi caso mi deseo incluye poder acercarme más a Sara y me imagino cruzando la ruta 66 con ella mientras se broncea nuestra blanca (en su caso, blanquísima) piel.

Esta es mi última semana de trabajo lo cual supone el fin de mis ingresos estivales. Desde la perspectiva económica me da pena pero desde la perspectiva existencial (si se puede llamar tal cual) no siento ninguna lastima. Llevo cinco veranos haciendo este trabajo y lo más útil que he hecho ha sido grabar pulseras personalizadas como la que le gravé ayer a un hombre bastante hecho polvo llamado Cherry. De hecho quería hacer un inciso porque después de atender a este hombre vi lo importante que es guardar la compostura con gente creepy y saber crear conversación, acercarlo a ti, ganarte su confianza y al final convertirte en su amigo. Así lo hago yo, no te puede temblar el pulso porque esta gente son como las mascotas, huelen el miedo y la simpatía es tu mejor arma. Esto es algo que me enseñó mi jefe quien tiene casi dos decenas de clientes peculiares y con todos se lleva a las mil maravillas. Esto me obliga a corregirme y decir que aunque puede que lo más útil que he hecho ha sido manejar la máquina Gravograph, estar de cara al público te da seguridad y te enseña a cómo lidiar con gente peculiar como mi amigo Cherry. Todo y eso, durante este año que viene toca conseguir subir un escalón e iniciarse dentro de mi campo de estudios tal y como casi logro este verano.

Sara llega el lunes, el alcalde Trias la recibirá con todos los honores correspondientes.


Llevo casi tres semanas viendo Friends y he de decir que Mónica está buenísima. 

martes, 19 de agosto de 2014

Lo que el New York Times me enseñó esta mañana

Esta mañana me he levantado y he encendido el ordenador antes de hacer un poco de ejercicio mañanero. Para mi sorpresa, se me ha presentado este artículo del súper cool periódico New York Times (“God bless America! Hell ya!!) hablando sobre unos ejercicios de siete minutos de duración. Es perfecto he pensado. El objetivo de estos ejercicios es engrasar bien el cuerpo y hacerte sudar de buena mañana. Y hay que decir que tal y como dice el artículo, cada uno de los ejercicios los notarás incomodos. El lado bueno es que solo son siete minutos. Así pues durante aproximadamente treinta segundos cada uno, haces un juego de pies, brazos y resistencia que harán descubrir tus puntos flacos. Yo he conseguido hacerlos todos menos los dos últimos pues aún me queda mucho por mejorar en resistencia de brazos.

Por otro lado, ya queda menos para acabar de trabajar. Por un lado tendré el doble de tiempo para dedicarlo a asuntos personales. Por otro lado comenzaré a comerme mis ingresos tan rápido como mi perra solía vaciar el cazo de pienso. Solo me queda depender del Estado cual parasito. Así pues no he descartado la posibilidad de buscar un trabajo de fin de semana. También puedo escribir un bestseller y hacerme rico.

De todas formas, Jonatan Franzen me ha enamorado con su narrativa en el libro que ya hace tres semanas que compré Las correcciones. Sin embargo, la innumerable lista de tareas me impide dedicar tantas horas como querría al propio libro. Quizás debería estar leyendo en vez de escribir este blog. Me está encantando el libro porque hace un retrato estupendo de la sociedad. El libro hace un retrato de la sociedad americana de la última década del siglo veinte (para los que no sepan cual es esa última década, hablo de los noventa) pero yo creo que se asemeja muy bien a la sociedad española. Yo solo sé que mi madre se parece mucho a Enid.
Para acabar, en estas últimas dos semanas afronto la despedida de Alba quien marcha de Erasmus a Finlandia y también me reciben las sextas o séptimas fiestas de pueblo. Esta vez no pienso beber otra cosa que no sea cerveza o agua de Valencia. El año pasado en la despedida de Mireia y mía, fui envenenado con unos licores caducados que guardaba el padre de Alba en el bar. Aun así, sospecho que el detonante de todo aquello fue el chupito de Beefeater que me endosaron. ¿Resultado? Mi dosis de alcohol ha sido reducida sustancialmente. Aunque durante Erasmus bebí, reduje mi dosis alcohólica y ahora he dejado atrás esa época adolescente.

El tiempo sigue inestable, ahora mismo asoman unos nubarrones detrás de la colina donde está la Ermita de Gràcia. No me quejo porque el verano está siendo suave, sin altas temperaturas y el único problema está siendo que la mantequilla tarda más en ablandarse de lo que habría tardado el verano anterior.

A propósito, ayer escuché en televisión que han descubierto el fármaco definitivo para acabar con la alopecia. El único requisito para que este funcione, es que la persona que lo tome tenga diagnosticada la alopecia. Explico esto porque ayer vi algo alucinante a la par de asqueroso. Era algo antagónico. Un ruso casi calvo pero con más pelo en la espalda del que jamás había visto. A decir verdad, me recordó a mi compañero asturiano Miguel quien tenía una plaza de toros en la cabeza y en la espalda tenía un jardín. La única diferencia entre el ruso y él, es que Miguel se depila la espalda y que Miguel tiene más sexappeal que aquella botella de vodka andante. El hombre iba con su madre (quizás era su abuela porque estaba muy desmejorada) quien creo que había decidido combinar el color canoso de su pelo con el resto de la indumentaria pues lo llevaba todo de color plata.


Nasdrovia a todos.

viernes, 1 de agosto de 2014

Primeros de agosto

Se acabó julio y empezó agosto. Apenas queda la mitad del verano para empezar un nuevo curso académico del que espero mucho más que este simple verano. Siento como si apenas hubiera alcanzado mis expectativas veraniegas y a decir verdad, así ha sido. El único gran logro que he conseguido, ha sido este blog del cual comienzo a estar un poco quemado por el hecho de estar poco inspirado o directamente, porque no me lee ni el tato. Mientras escribo esto, descubro un segundo gran logro: este año estoy leyendo mucho y he retomado un hábito de lectura decente (o insuficiente en comparación con el de Sara). Aun así, el hecho que mi verano sea tan monótono, hace muy difícil escribir posts que hagan pensar a la gente “la vida de este tío mola”. Qué va, la vida de este tío molaba hasta hace dos meses. Ahora he de aguantar a gente mal follada ocho horas al día y comienzo a creer que se me está poniendo cara de mal follado.

Puede, que esté cometiendo el mismo error que cometí en junio cuando planee hacer de mi verano, un verano estupendo, lleno de proyectos grandes y locos que luego se quedaron en papel mojado por falta de tiempo. Sin embargo, una vez haya comenzado el último año de carrera (ni yo me lo creo), esos proyectos pueden volver a la luz.

Sí, cuarto año de carrera. Este año haré menos clases y después tendré seis meses de prácticas. El hecho de tener menos horas lectivas me permitirá dedicarme más tiempo. Mucha gente no consigue ver en mí, esa preocupación de la que hablo. Un año y medio más y habrá acabado la utopía estudiantil en la que vivo y entonces seré libre para tomar un nuevo camino. Si mi estancia Erasmus me enseñó algo académicamente hablando (aparte de leer una regresión multivariable y hacer una bibliografía como Dios manda) fue ser un caradura, maximizar mi tiempo y no ir a clase a calentar el asiento; preguntar al profesor y ser más autodidacta. Aprendí que si un tema te interesa, el profesor te da las herramientas para que profundices más en esos temas que te gustan y puedas preguntarle.

Así pues, este año me lo planteo como un aprendizaje a dos bandas, personal y universitario. Necesito conseguir unas prácticas que me atraigan personalmente y no quiero cometer el error de dejar que la misma universidad me busque cualquier cosa. Ya he estado acosando virtualmente a algunos HR directors y haciendo un poco de networking como hago con los tíos de Sara. Así mismo, estoy doblemente contento porque Sara ha conseguido arrojarse a sí misma un poco de luz de cara a sus planes futuros, cosa que me preocupaba. La seguridad que tiene en si misma crece exponencialmente y eso es cool al cuadrado.
Finalmente, la vena escritora que he desarrollado durante este año, sigue creciendo fuerte y dada la buena acogida que tuvieron la descripción de dos típicas señoras de clase media, seguiré desarrollando en privado algún escrito en relación a esta narrativa. Crear flow, leer muchísimo, corregir y crear hábito. Esa es la clave según Marina.

Así Javier, ¿Qué dices, estás contento o no? Ambas cosas. Contento porque viene un año muy interesante, un año que representa un final de ciclo y el inicio de nuevos retos. Por otro lado, ya he hablado de mis temores aunque estoy convencido de poder superarlos con mi seguridad al alza. Mi preciosa libreta Moleskine comienza a llenarse de mil y una ideas que decidí apuntar y me ayudan a recordar detalles y diferentes soluciones que voy pensando respecto a problemas varios. Estoy convencido que esta vez, mis proyectos grandes y locos no van a quedarse en la libreta y un buen plan de ejecución debe ayudarme a ello. Este año me compraré una agenda de papel, nada de Google Calendar.

He olvidado comentar que hace justo tres días, comencé a leer Las correcciones de Franzen, a quien descubrí gracias a mí blogger favorita. Es curioso porque jamás había leído a Franzen y cuando describí a Amparo o Ana, era ese mismo estilo de narración el que estaba buscando desarrollar. El libro es genial, y voy saborearlo mucho.


Me despido de vosotros, no sin antes disculparme a aquellos lindos gatitos que han leído este post de reflexión. 

jueves, 31 de julio de 2014

Camino al trabajo

Durante los últimos días ha llovido bastante por lo que he bajado al trabajo en coche. Después de tres días, se me hizo extraño volver a bajar andando de nuevo. Siempre sigo la misma ruta a pie hacia el trabajo. Es curioso como al final, esa ruta se graba en el cerebro y no importa si vamos escribiendo en el móvil o empanados, que tu cuerpo pone el piloto automático y te lleva sin darte cuenta. Desde la semana pasada, he decidido hacer una variación en mi ruta porque tiene más sombra y sube la brisa marina calle arriba desde la playa.

Siempre salgo justo de tiempo. Me gusta aprovechar al máximo mí tiempo libre antes de trabajar pues hasta las 23:00 no volveré a ser libre. Así siempre voy apurado: ponerme unas bermudas y una camiseta, cepillarme los dientes mientras me echo desodorante y me hecho gel en el pelo para peinarme. Detrás mi madre dándome los últimos detalles de cosas que corren urgencia en el trabajo y se han de hacer antes de que ella llegue. Sus palabras son como un Big Data y he de hacer un esfuerzo enorme por recordar los mil y un puntos que me cita y sus innumerables detalles que quiere que consten en las tareas.
Salgo por la puerta de casa a las 14:48 aunque cuando tengo un golpe de gracia y puedo salir antes, puedo ir más tranquilo y relajado. Apenas hay diez minutos caminando y durante ese tiempo me da tiempo a escuchar dos o tres canciones de Sigur Rós aunque últimamente estoy muy Adele y me ha dado por escucharla durante mis andanzas. También me da tiempo de escribir unos cuantos mensajes a Sara quien vive como una reina aunque no la culpo, es vasca.

Es una hora en la que las calles están bastante tranquilas. La gente ha vuelto a casa para comer y en las plazas solo queda la gente que no quiere estar en un lugar cerrado o directamente no tiene hogar. Cuando paso por delante de una plaza delante de un hotel, esta está llena de niños a la espera de un monitor que los lleva a la playa. Ellos me identifican como aquel chaval (o aquel capullo que les dice que no toquen) que trabaja en esa tienda que tiene mierdas de broma pero que parecen tan reales que se podrían comer. Otras veces esa misma plaza esta desierta y solo hay un vagabundo que busca echarse una siesta en un banco junto a la puerta de una casa. Después me olvido de desconectar el Wi-Fi del móvi, se conecta con el de la biblioteca y no tengo conexión durante unos segundos. Paso por delante de un bar que nunca me ha dado muy buena espina. Lo regenta gente con pinta de ir medio borracha todo el día, hacen menús cada día y en la pizarra escriben los platos con letra de palo y con un estilo muy infantil; ayer podía leer CODILLOS AL HORNO pero cuando vi en la pizarra, aquellas letras de palo tan apretujadas, pensé que habían cocinado codillos a la sal en el menú. En la puerta, siempre hay un hombre bebiendo una copita de anís quien no se quita el sombrero de vaquero pese a estar bajo una enorme sombrilla de terraza.


Después ando por una última calle la cual está a la sombra y sopla una fuerte brisa. Paso por delante del portal de un ex compañero del casal de verano que era un malcriado; aun así, estaba forrado y vivía en una casa muy señorial. Saludo a amigo camarero en una heladería argentina cuyo nombre significa  preservativo en francés y después entro a trabajar durante las siguientes ocho horas. 

Como he mencionado a Sigur Rós mientras os escribía, me he puesto a escuchar el que quizás es su canción más conocida Hoppípolla. He visto su videoclip y me ha parecido tan wicked, travieso en una forma muy picara, con los abuelos en el papel de los jovenes, que he decidido dedicároslo

. 

miércoles, 30 de julio de 2014

El buda de la suerte

Cuando uno trabaja de cara al público, recibe la visita de gente muy variopinta. Hay veces que me llega gente simpática y detrás, gente de la más antipáticos del mundo. Este año de hecho, me he propuesto aumentar mi simpatía delante de los turistas y mi habilidad vendedora cuando así lo requiere. Sin embargo hay días que uno no puede lidiar con algunos clientes. Tengo estudiado que el coeficiente intelectual de muchos, se reduce en varios puntos cuando vas de vacaciones. Aun así, siempre tienes la visita de gente que pese a lo descabelladas que parecen sus historias, le dan un toque cómico a la jornada.

El domingo pasado, con la zarzuela de fondo y 29,6 grados en el interior, una mujer entró decididamente, como si supiera qué es lo que quería comprar. Mientras yo ponía varios relojes en hora y miraba las musarañas a la espera de algún cliente, esta señora vino rápidamente a preguntarme por un buda. La señora llevaba el pelo teñido de color granate y contrastaba mucho con el tono blanco de su piel, lo que denotaba que no había pisado la playa en absoluto.

Me preguntó si recordaba a una amiga suya ciega que venía cada año. Al parecer esta señora ciega, venía año tras año y era bastante conocida por el número de budas de la suerte que se llevaba verano tras verano. El año pasado, la gente a la moda, se había obsesionado con lo asiático y se había lanzado a poner budas en los rincones de su casa con el objetivo de traer paz y prosperidad.

Esta señora, muy emocionada, como si hubiera hecho un gran peregrinaje. Mientras, le ponía la fecha correcta a los Casio, la señora contaba casi entre lágrimas, como por fin había encontrado la tienda y lo contenta que estaba. Al parecer, la ciega había derribado uno de sus budas al dar con el pie en un pedestal donde había puesto el buda (la señora no lo tenía muy claro, pero ella cree que fue así). Esta señora estaba de lo más orgullosa pues se vanagloriaba de haber sido pionera en poner un buda de la suerte en su casa y extender la moda en su barrió. Es más, ella fue quien le enganchó a la ciega, el interés por los budas.


Con mil y un gracias, la señora se despedía, pues ya estaba lista para emprender su viaje de vuelta a casa, ocupar de nuevo el sitio de aquel pedestal con el buda de la suerte y dar una buena noticia a ciega. Desde aquí le envío parte de mi suerte, por poca que sea. 

lunes, 21 de julio de 2014

No hacer nada

Desde que empecé a trabajar, tengo una obsesión por aprovechar el tiempo libre que tengo. Trabajo 8 horas seguidas desde las tres de la tarde y durante la mañana estoy libre. Entonces una fuerza suprema crece en mi interior y me dice “Levántate pronto para aprovechar ese tiempo que tienes”. Eso significa que me levanto cada día a las 9:30 aunque yo me haya ido a dormir a la 1 y media o 2.

Sin embargo, no consigo saciar esta obsesión porque aunque tengo toda la mañana, no tengo suficiente tiempo para hacer todas esas cosas que me gustaría hacer. Hoy mismo me he dado cuenta que llevo desde la semana pasada queriendo poner un nuevo carrete a mí querida Minolta siguiendo el manual y no cometer los errores que cometió mi padre. Hoy lo haré, justo después de publicar esto. De verdad, lo haré.

Lo primero que hago al levantarme (aparte de mear y lavarme la cara) son quince minutos de ejercicio matutino y desayunar mientras leo la prensa. Leer la prensa (porque yo leo más de un periódico al contrario de mucha gente) me quita mucho tiempo, pero lo veo tan imprescindible e interesante que no puedo evitarlo. Primer leo la prensa española y luego le doy un repaso a la inglesa porque siempre profundiza más en noticias de ámbito internacional. Me gusta estar enterado cada día de qué ocurre en el mundo para poder discutirlo más tarde con mi jefe. Hasta este último punto, me doy cuenta que mi vida se ha vuelto asquerosamente rutinaria y aburriría hasta a mi abuela.

Cómo dije hace unos días, el desayuno es lo que más me motiva al empezar el día y por ello siempre lo cambio. Unos días me da pereza hacerme café porque la noche anterior he olvidado dejarlo hecho en la cafetera y decido utilizar sucio café instantáneo (mi tiempo es oro estos). Otros días utilizo el café de Aldi que no está mal pero no se parece ni de lejos al que yo compraba. Después doy rienda suelta a mi imaginación y a falta de granola, buenos son los Chocopic. Estos últimos días me he tirado mucho a por una miel ecológica que compró mi madre. He de admitir que en ese aspecto, mi madre me sorprendió.

A partir de ese momento, queda un espacio de tiempo en el que decido que haré. Si escribo no podré leer otros blogs, otros libros, aprender francés (sigo con mi misión francófona), no ver series o incluso NO HACER NADA. Es todo un círculo vicioso y no podré pararlo hasta que consiga más horas libres.


De momento me despido feliz porque me quedan aún varias horas y voy a ponerle el carrete a la señorita Minolta.